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Eres un "padrazo".

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  Mi mujer tiene un puesto de responsabilidad en el que trabaja de sol a sol. Mi caso es completamente diferente. Mi trabajo está justo al lado de casa, son ocho horas ininterrumpidas en turnos rotatorios, con la ventaja añadida de conocer el cuadrante horario con un mes de antelación y la flexibilidad de poder cambiar, por conciliación, turnos con mis compañeros. Por lo tanto, soy yo el que siempre está con los niños. De hecho, una de las bromas que suelo gastar a nuestros conocidos cuando me saludan y me dicen: “…y manda saludos a tu esposa que hace tiempo que no la veo” , es la de responderles: “pues igualmente; si la ves, salúdala de mi parte”.   Como siempre estoy con mis pequeños, en más de una ocasión me han dicho: “es que tú eres un padrazo” y esa etiqueta superlativa siempre me ha hecho reflexionar sobre la pregunta “¿qué y quién es un buen padre?”.   La primera conclusión a la que llego es que “NADIE TIENE DERECHO A DECIRTE SI ERES BUEN O MAL PADRE” ...

Papá ya no mola

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  De repente papa ya no es tan “guai” como antes, ya no es tan divertido hacer cosas con él, y a las preguntas que formula empezando por ¿vamos a …? Las respuestas que recibe son de ¡nooo…! Con un tono de hastío que me hace plantearme si esta desgana es nueva o si siempre fue así, solo que aceptaban por no herir mis sentimientos. La verdad es que no puedo competir con la reunión vespertina de compañeros de clase en Fornite, o con youtubers que se asfixian diciendo sandeces, atropellando palabras.  Siento que se me acaba el tiempo y me veo como un docente novato a finales de curso, repasando mentalmente el temario que está obligado a impartir, por si con las prisas se dejó algo en el tintero. Sé que me va a costar, pero tendré que volver a acostumbrarme a tomar, caliente, el café.

Las cosas claras.

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  "La oveja estaba con su ovejita pastando en el prado. La ovejita se alejó un poco jugando, persiguiendo una mariposa, y su mamá la llamó varias veces nerviosa. La ovejita no le hizo caso y a la tercera llamada apareció un lobo y se la comió". En la calle no quiero que cuestionéis mi autoridad. Si os llamo insistentemente para que vengáis, lo hacéis y punto, al instante, sin demora; ya hablaremos o negociaremos después. Hay peligros que solo pueden ver los padres y momentos en los que obedecer sin rechistar. El lobo: borrachos, drogadictos, desequilibrados, coches, motos, patinetes eléctricos, escaleras, socavones, testigos de Jehová (jajaja), ….

Feliz Navidad

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  Navidad cuando me observan prestándome atención, cuando me abrazan, cuando me besan. Navidad cuando los veo probarse los uniformes nuevos de su personalidad, cuando contemplo cómo superan con creces los retos que la vida les plantea mientras crecen fuertes y sanos. Navidad son todos los días que estamos juntos, porque Navidad sois vosotros con vuestro amor incondicional y con ese atropello de ganas de vivir que me mantiene joven. Gracias por tanto, hijos míos, gracias por regalarme la Navidad.

La rebelión de las mesitas de noche

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  Cada día, buscando maneras de abrazar la cultura y no la estupidez, intento que mis hijos crezcan en un hogar alejado de tanta contaminación digital. Y una de las formas, es, enseñándoles que las novelas se han de hallar en las mesitas de noche y no en las estanterías.   Las mesitas de noche son para estar llenas de libros y no para usar como puntos de carga para pantallas. Son para albergar los peluches y los juguetes de antes de dormir. Para dejar la pizarra de rotulador o los apuntes del examen de mañana. Para engendrar proyectos, encontrar soluciones o enmendar un error.   Las mesitas de noche reclaman más tiempo con luces encendidas ganado de adelantar la hora de la cena. Reclaman más ratos de confidencias entre padres e hijos. Reclaman más estar de verdad y menos perderse tras el muro infranqueable de la tableta o el móvil.   Confiad en las personas que tienen sus mesitas de noche repletas de libros.   Confiad en aquellas que vencen cad...

La cajita de los secretos.

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     Todo el mundo atesora una cajita de secretos. La guarda en la alcoba, en la mesita de noche, encima de la repisa o, sin ir más lejos, en la cabeza. Es muy simple, tan sencillo como que todos tenemos algún hecho oculto que queremos silenciar. Puede ser por vergüenza, por envidia, por grandeza o por miedo al qué puedan pensar, pero siempre hay algo escondido de lo que no nos atrevemos o de lo que no podemos deshacernos. Aunque los secretos que nos reservamos pueden ser infinitos, en el caso de los adultos habitualmente son de una diversidad ridícula, escasa y repetitiva. Sin embargo, si hablamos de niños, o sea; de nuestros hijos, ahí la cosa cambia. Nunca se sabe qué te puedes encontrar en la caja de los secretos de un niño, pues poseen tanta imaginación, tanta inocencia, tal agudeza visual, que les permite dar importancia a los hechos más insignificantes. Anoche, cuando estábamos tumbados en la cama disfrutando de la complicidad que brinda el momento previo al ...